Juan Almendares
Cuando la vi por primera vez me pareció conocerla desde antaño; no sé si se trataba de un momento regresivo, o si era el sueño utópico de encontrarme de nuevo con la ternura de ese ser humano y generoso. Tenía la cara de luna enamorada de la vida y del planeta tierra, sus ojos vivos, candentes, simbolizaban la fuerza de la expresión de la savia de los robles.
Sentí una gran alegría y al abrazar la sonrisa del amanecer me transformé en aquel feliz colibrí que cada madrugada se nutre con el néctar de la flor del rocío de la esperanza.
Al conversar con ella estaba ensimismado y absorto en el silencio de quien se abstrae y se aísla para concentrarse en la persona con quien dialoga en medio de una muchedumbre. Escuché, sentí y vibré con la misma tonalidad suya, para descubrir la armonía del goce espiritual de este nuevo encuentro, aun cuando han pasado varios siglos. Mi memoria era tan lúcida que recordaba cada expresión y gesto, cada palabra de fuego y de ternura.
El sentimiento iluminó mi intelecto y aun cuando he vuelto a nacer varias veces, siempre está viva en mis momentos de alegría y de sufrimiento: la imagen, el cuerpo y el espíritu de aquella cara de luna enamorada de la vida y del planeta tierra.
Hablamos de la fuerza de las palabras y también del origen de nuestros nombres. Era un hermoso comienzo para iniciar o continuar una nueva o vieja amistad. Me pregunté si éramos familia o si fue una amiga entrañable que conocí en mi vida pasada. No importa, me dije a mi mismo, si en este mundo todos somos originarios de una misma tribu. Lo importante es ser dignos, vivir libres, con la verdad y la historia; hacer y construir mediante el trabajo creativo y estético el enjambre colectivo, justo y solidario para que el tener sea patrimonio comunitario de toda la humanidad planetaria.
Cada día que me despierto, no puedo olvidar aquella cara de luna que tiene la fuerza de luchar por la salud planetaria. Luego me pregunté cómo me hubiera encantado conocerla antes. De pronto, una voz de mi conciencia sacudió mi espíritu y me dijo: ella ha estado siempre en tus sueños utópicos, de justicia y de amor humano. Ella es la fuerza que alimenta tu conciencia de libertad.
Aquel encuentro fue la celebración plena del verdadero amor humano y del sueño pedagógico donde la vida ha dejado de ser una mercancía del odio, la violencia y la guerra.
La nueva sociedad será el tejido maravilloso donde el hilo, la red, la mano y el cerebro es el amor.